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Relatos Eróticos de Urucontacto |
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UN
PASILLO ESTRECHO Y OSCURO
UN PASILLO ESTRECHO Y OSCURO Mis gemidos retumbaban acabando en esa inmensidad mientras el tipo me ayudaba cuando me decía que gozara como una yegua, que era una puta que buscaba vergas y cosas por el estilo mientras me arremetía con fuerza. Siempre
lo nocturno me atrajo fuertemente, pero no el bullicio de la gente y el
ruido sino la aureola silenciosa que la noche encierra. Es ahí donde se
mueven las fuerzas extrañas de las personalidades humanas. Eso oscuro
donde se despiertan nuestros instintos más guardados y que son
observados atentamente por los duendes nocturnos. Cuando salíamos
alguna noche con Edu, mi marido, y volvíamos a casa en el auto luego de
una salida normal, cuando era ya de madrugada, yo le pedía que me
llevara a dar una vuelta por la zona hot como se la definía, y él como
comprendía mi pedido, se dirigía marchando despacio hacia la zona roja
o zona caliente de la ciudad de Córdoba, que como toda ciudad grande la
tiene en sus periferias céntricas. Desde nuestra burbuja automotriz
observábamos a los visitantes nocturnos que desfilaban por la calle,
todos esos seres que de día no se ven. Las prostitutas y travestis que
se ofrecen a sus ocasionales clientes, los que acuden a los boliches non
sanctos de la zona, los maridos de trampa buscando sexo casual, los
marginales que deambulan silenciosos. Observar esa vida nocturna me
extasiaba y a medida que circulábamos en el auto, yo no me perdía ningún
detalle de los que sucedía en esas calles poco transitadas. Yo sentía
en mi interior que esos paseos me excitaban mucho sexualmente y de ello
se daba cuenta mi marido que me satisfacía mis caprichos y me incitaba
cuando se estacionaba un rato en la calle para que yo observara un rato
a los transeúntes más detenidamente. Yo le decía que me atraía un
pasillo oscuro que está en la calle San Martín al 500, donde a veces
se notaba alguna silueta femenina que se refugiaba de las miradas
indiscretas, y que solo se veía cuando algunas luces de algún coche la
iluminaba. Era un lugar perfecto de levante oscuro y sórdido,
silencioso testigo de transas sexuales momentáneas. Yo percibía que
ese era un lugar que me atraía compulsivamente cuando pasábamos en el
auto y se lo contaba a mi marido, cómplice de mis deseos, que me
preguntaba porqué pero yo no entendía la razón. Un lunes por la mañana
de este verano, cuando me desocupaba en Rentas por un trámite de
impuestos que realizaba, recordé que el pasillo quedaba justo a la
vuelta de la calle Rivera Indarte donde yo estaba en ese momento. Movida
por una curiosidad morbosa, caminé hasta la calle Igualdad hasta el
pasillo para mirarlo bien, está ubicado casi en la esquina, es estrecho
y largo, hay una puerta al fondo que siempre está cerrada y una
escalera de metal que comunica con algún lugar ubicada en la mitad del
pasillo. No pude apreciar más detalles en esa fugaz pasada porque de día
hay un trajinar febril de gente trabajando y circulando por la calle.
Aunque noté que con la luz del sol no tiene la magia de la noche,
pensaba que era porque de día sus duendes están dormidos y solo se van
despertando al llegar la noche. Lo único que me llamó la atención fue
un brillo dorado que vi en la vereda en unos mosaicos rotos justo
delante del pasillo y me agaché disimuladamente para tomarlo con mi
mano y seguí caminando. Cuando llegué a la otra esquina examiné mi
hallazgo y pude ver que era una cadenita tobillera que usan las mujeres,
pero nada valiosa. Solo una fantasía pero la guardé y me volví a
casa. Pasaron cuatro días, y precisamente el viernes 21 de Enero de
2005 de esa semana tuvimos un enojo con mi marido justo antes de un
viaje de trabajo de él por una chiquilinada mía. Cuando se marchó
lloré desconsoladamente arrepentida de nuestro entredicho y pensé cómo
había estado tan pelotuda. Él se había ido bastante enojado por esa
salida desconocida en mí y lo entendía porque no soy de reaccionar de
esa manera, pero como iba a faltar todo el fin de semana de casa porque
recién regresaría el lunes me sentía amargada. Luego de almorzar sola
en casa, me acosté a dormir la siesta aunque hacía mucho calor y tuve
unos sueños extraños. Soñaba que estaba en casa y entraban por la
ventana unos hombres. Yo los miraba sin temor desde la cama como si los
conociera y ellos se me acercaban y me desnudaban. Yo no me resistía,
todo lo contrario, los dejaba hacer y a medida que me excitaba, ellos
cogìan conmigo sin parar, pero no les veía los rostros. Sentía que me
acababan y me soltaban pero yo les pedía que siguieran porque no había
nadie en casa. Me desperté totalmente excitada, sentía el útero
palpitante y estaba toda transpirada en la cama revuelta. Me levanté
para darme una ducha y mientras caía el agua tibia sobre mi cuerpo sentía
mis pezones duros, toda mi piel estaba excitada y deseosa. Dos horas más
tarde llegó a casa a visitarme mi amiga Gladis y como en toda charla de
mujeres esas cosas se cuentan, le confié del enojo con mi marido y el
extraño sueño que había tenido. Ella me dijo que no me preocupara,
que dejara mi tristeza de lado, que ya iba a pasar y que tratara de
salir a la noche y divertirme un poco para cambiar de onda. Ambas nos
miramos cómplices por su ocurrencia porque le entendí su mensaje
sugestivo pero le dije que no tenía a nadie para salir y ella me dijo
que no sea tonta, que no podía hacerme mal salir y conocer a alguien y
si daba para echarse un buen polvo que estaba todo bien, total sería un
touch and go. Yo le dije que tenía razón, que no era mala la idea y le
confié que la excitación del sueño aún me duraba. Mi amiga Gladis me
hizo prometerle que esa noche yo me iría a bailar a cualquier lado y le
hubiese gustado acompañarme pero ella tenía que salir con su novio
sino me hubiese acompañado para salir juntas. Me hacía gracia su
consejo porque Gladis por lo general no habla de esas cosas conmigo.
Además nunca le conté de mis infidelidades que a veces tengo cuando mi
marido viaja. Pero esta vez le prometí que esa noche tirarìa la
chancleta con cualquier galán como me aconsejaba, nos reímos mucho y
destapamos una botella de champán para brindar como dos buenas amigas.
Al rato las burbujas se nos habían subido un tanto en la cabeza y nos
reíamos a carcajadas de nuestras ocurrencias. Al rato, a eso de las
ocho Gladis se despidió de mí porque debía volver a su casa para
arreglarse para salir con su novio esa noche. Cuando nos dimos un beso
en la puerta de casa nos prometimos que yo iba a cumplir con el pacto de
amigas y se retiró. Cuando me quedé sola me tirè despatarrada en un
sillón a mirar la tele un rato pero no me concentraba en el programa de
tv. Como si fuera una compulsión la idea de tener una aventura casual
me daba vueltas en la cabeza y me miré los pezones erectos debajo del
top y me tiré de panza voluptuosamente en el sillón grande, después
puse música divertida bailando sola un rato mientras tomaba un wiskito
para alegrarme, luego me quedé relajada en el sillón un rato mientras
la mezcla de bebidas hacía sus efectos pensando que nunca estuve tan
caliente. Cerca de las diez de la noche me metí en un baño de inmersión
para que se me fuera el mareo y luego salí del baño envuelta en un
toallón para mirar cómo estaba la calle. Hacía mucho calor y
demasiada humedad, todo se sentía como pegajoso y me fui al placard
para elegir la ropa que iba a ponerme. Sin dudar mucho separé un
vestidito de tela elastizada finito de color verde manzana fluorescente
con breteles finos y bastante escotado con un drapeado en el frente que
lo hacía ideal para ir a un boliche a bailar. Cuando me lo puse y me
miré al espejo del placard para ver cómo lucía el vestidito que casi
nunca lo había usado, lo notaba bastante ceñido y ajustado en mi
cuerpo pero me quedaba excelente para mi gusto a pesar de ser tan
llamativo. En ese momento tuve un flash y me acordé de la cadenita
tobillera que había encontrado el lunes. Busqué en mi alhajero y ahí
estaba donde la había guardado. Me la anudé en mi tobillo izquierdo
con los ganchitos y a pesar de ser ordinaria brillaba como el oro más
fino. Busqué un par de sandalias de plataformas transparentes de acrílico
que me ceñían el pie apenas con solo dos tiritas negras cruzadas
debajo del empeine. Y montada en esos tacazos de 19 cms de alto, entré
al baño para maquillarme. Me perfumé el cuerpo con “Oscar de la
Renta” exquisito aunque recaro por ser importado y me puse un
maquillaje muy liviano dado el extremo calor y humedad ambiente, los párpados
me los pinté de tono oscuro para realzar mis ojos verdes y bien
delineados sus contornos pero no me puse rouge en los labios. Finalicé
colocándome unos aros redondos dorados en mis orejas y cuando estuve
lista caminé insinuante ante el gran espejo del living. Solo estaba
encendido un velador y mientras me observaba en el espejo, me sobresalté
cuando sonó el gong del reloj de pared que marcaba las doce de la
noche. El ruido metálico del reloj surgió como una orden y despertó
mis deseos, lo presentí en mi estómago que tuvo un leve retorcimiento,
sentía como mariposas en la panza y percibí que algo me llamaba. Me
sentía ansiosa y casi temblorosa. Busqué un chal liviano de hilo color
negro tejido en redes grandes para cubrir un poco mi escote en mi salida
de casa. Me acomodé el cabello por último y en la mirada final noté
que el vestidito estaba bastante corto y me marcaba demasiado la cola
pero ya no había tiempo de ponerme a buscar otro atuendo. Así que sin
perder tiempo tomé una cartera con tiras largas y salí de casa. Me fui
rápido hasta la esquina de casa para esperar un taxi. Menos mal que
vino uno bien pronto y cuando subí el taxista me preguntó adonde me
llevaba. Le dije sin dudar una dirección y llegamos en no más de diez
minutos. Le pagué al señor y me bajé del taxi. Cuando partió el
coche estaba justo en las esquinas de Igualdad y San Martín de los
alrededores del centro de Córdoba, en plena zona caliente aunque era aún
temprano y no pasaba gente. La calle en ese sector estaba oscura y el
aire muy pesado. Doblé por la calle San Martín contoneándome sin
mucho esforzarme por la altura de mis tacazos y cuando cruzaba caminado
perpendicularmente la calle hacia el pasillo de mis obsesiones, pasó un
coche con dos tipos que me gritaron yegua y no sé que otras cosas más.
Cuando subí a la vereda, primero me paré en la puerta del pasillo pero
no sabía que hacer ahí. Pensaba en mi amiga Gladis que se imaginaría
que yo estaría quizás en camino hacia algún boliche de la zona norte
y sin embargo yo estaba sola ubicada justo en una conocida zona de
prostitución de Córdoba. Frente al pasillo oscuro, un gran y frondoso
árbol que hay sobre la vereda daba más sombra al lugar y la oscuridad
no me atemorizaba, por el contrario me hacía sentir segura, protegida
de miradas inoportunas. Me subí al escalón de la puerta y traté de
aflojarme. La razón me decía que debía irme de ahí, que no era
normal lo que me pasaba, pero algo más fuerte me retenía como atrapada
en ese lugar. Qué fuerzas ocultas se conjugaban para ponerme en esa
situación tan evidente. No soy ninguna santa pero… Me dije basta de
tonteras, si estar ahí me tenía excitada desde hace tiempo. Yo lo había
buscado y no había retorno. Ya estaba allí ubicada ya no como una
observadora sino como actriz principal de mi aventura. Suponía lo que
podía pasar vestida así en esa oscuridad y en la zona caliente, pero
me sentía tranquila porque nadie me iba a obligar a nada que yo no
quisiera. Unas luces de auto iluminaron y me escondí. Pude ver que ni
se percataron de mi presencia. Me bajé a la vereda y miré el pasillo
oscuro frente mío. Todo estaba silencioso y una fuerza me impulsaba a
entrar y recorrer el pasillo hasta el fondo donde estaba la puerta que
siempre estaba cerrada. Me interné en él y me tragó la oscuridad,
caminaba despacio amortiguando el sonido de mis tacazos. El trayecto me
parecía más largo que nunca y me dirigía hacia la puerta cerrada. Me
paré resuelta frente a ella y si salía alguien de ahí le preguntaría
sobre alguna familia y listo. Solo estaba encendida una mortecina luz
que alumbraba apenas esa puerta vieja y descascarada. Todo estaba en
silencio salvo algún escape de algún auto que pasaba por la calle y
sin hacer mucho ruido examiné mi cartera buscando mi bolsita con los
cosméticos y mirándome en el espejo de mano como pude me pinté los
labios con rouge bien rojo iridiscente, me puse un poco de rubor en las
mejillas y listo. Ya estaba. El pasillo estaba silencioso y cuando llegué
a la mitad que ya estaba oscuro, me detuve y levantando la cabeza hacia
el cielo miré las estrellas que apenas se divisaban atenuadas por las
luces de la ciudad. El calor era insoportable. Mi piel estaba
transpirada y sentía un cambio en mi interior. Me encaminé hacia la
calle y mientras caminaba silenciosamente, guardé el chal en mi
cartera. Cuando llegué a la calle vi un auto estacionado enfrente con
una pareja en su interior. Ellos me miraron cuando aparecí en la puerta
y luego prosiguieron la marcha. El incógnito de mi presencia ahí
parada me excitaba y seducía como dejándome sin voluntad para irme.
Pensaba que aún era temprano y no sabía cuanto tiempo me seguiría
quedando parada ahí cuando empezaran a desfilar los autos y la gente de
la noche. Sentía que mis sentidos se agudizaban y mi corazón palpitaba
de la excitación, sentía la piel húmeda y no se movía ni una hoja
del árbol. Estaba mirando una luz a mitad de cuadra de la calle
Igualdad de la cual se notaba el único movimiento en un hotel de
parejas que funciona allí, cuando apareció un hombre que doblaba
caminando por la vereda donde estaba parada. Me sobresalté al verme
sola y en la oscuridad ante el tipo. El hombre se detuvo enfrente mío
para mirarme más de cerca, me saludó amable y me preguntó que estaba
haciendo ahí. Le dije que estaba esperando a una persona que me pasaría
a buscar. Me comentó que nunca me había visto y me preguntó si yo era
nueva por la zona. Justo dobló un auto desde Igualdad y nos iluminó
con sus potentes faros apenas unos segundos. Instintivamente, el tipo y
yo nos internamos en el pasillo buscando la oscuridad. Hablando despacio
me preguntó mi nombre, yo le respondí Graciela, de lo que me arrepentí
luego de decirlo porque si bien es mi segundo nombre es el verdadero y
recordé mantener mi incógnito. Me dijo que estaba muy bonita, me
preguntó si tenía marido y le dije que sí. Sacó una etiqueta de
cigarrillos y me ofreció uno mientras me encendía el cigarrillo muy
atento me miró la cara y me dijo que mi marido era un afortunado, yo
también le miré la cara, era morocho con bigotes de unos 45 años. No
era muy alto y yo con la altura de mis sandalias quedaba más alta que
él. Me dijo que no me quería quitar tiempo y se iba, pero cuando
volviera a pasar nuevamente más tarde si me encontraba me invitaría a
tomar algo. Le dije que bueno, que me quedaría un rato más y el hombre
salió del pasillo y se fue caminando hacia el centro. Yo me asomé e
hice una larga pitada mientras lo miraba alejarse y la verdad que tenía
ganas de fumar y el calor reinante me pedía una bebida fresca urgente.
Una pareja pasó caminando por la vereda cerca de mí. Me acomodé un
poco el vestido que se me levantaba solo y de repente, no sé de donde
salió, apareció una camioneta oscura de esas nuevas que apagó las
luces cuando se detuvo frente mío. Dentro se notaba una silueta
masculina y el rojo de un cigarrillo encendido. Me hizo señas de luces
y yo solo lo miré apoyada en la puerta del pasillo con mi cartera al
hombro. El hombre descendió y se me acercó. Se paró a mi lado y me
saludó. De nuevo me hizo la misma pregunta que el anterior y mi misma
contestación, pero agregó si lo esperaba al hombre con el que había
estado hablando antes. Le contesté que si, que volvería más tarde a
buscarme y me preguntó mi nombre, esta vez me salió automáticamente
“Gisella” sin haberlo pensado. Él me dijo que se llamaba Federico y
que si quería acompañarlo, me invitaba a tomar algo fresco en otro
lugar. La verdad que no me hice rogar mucho porque la sed me apretaba.
Cuando me acomodé a su lado al subir a la camioneta, mi vestidito se me
levantaba mostrándole generosamente mis piernas al desconocido que me
miraba con mucha simpatía. Era un tipo atrayente de edad mediana
vestido de sport que me iba contando que siempre pasaba por ese lugar
pero que nunca me había visto antes. Yo le respondí bromeando que como
era tan oscuro quizás no me había visto. Se rió y no insistió con el
tema. Mientras charlábamos llegamos al Parque Sarmiento y a una cuadra
del monumento al Dante hay un bar muy bonito y fresco, pero por el calor
tan pesado que hacía el bar estaba lleno de gente. Federico acomodó la
camioneta bajo los árboles en la calle secundaria a un costado de la
Avenida y me dijo que tomaríamos algo dentro del vehículo porque no
había lugar en el bar y se bajó para retornar luego con dos vasos
trago largo con fernet con coca y mucho hielo. Nos quedamos charlando en
la camioneta largo rato de temas intrascendentes y repetimos el trago
dos veces más. Yo me había descalzado para estar más cómoda y a
medida que me reía cada vez más fuerte de sus bromas me daba cuenta
que me iba emborrachando con la bebida. En un momento se lo dije y me
respondió que estaba todo bien, que estábamos para divertirnos y era
la verdad. El tipo se evidenciaba como muy seguro de sí mismo y eso me
gustaba de él. Me sentí muy relajada y más aún cuando me reclinó el
asiento pero empecé a sentir que todo me empezaba a girar mientras sentía
sus manos explorando mi cuerpo. Yo lo dejaba tocarme y lo abracé también.
Era simpático y me agradaba su cara bien varonil. Me levantaba el
vestido con sus caricias y me decía que tenía un cuerpo muy atrayente,
que le encantaba mi cola y mis tetas mientras olía mi perfume, yo me reía
a las carcajadas pero estaba consciente a pesar del mareo. Me sentía
excitada por las caricias, mi corazón palpitaba y mis hormonas
estallaban pero le dije que ya era hora de retornar porque me irían a
buscar. Él aceptó y volvimos nuevamente a las esquinas de Igualdad y
San Martín donde me había levantado. Estacionó la camioneta debajo
del árbol frente al pasillo. Federico me preguntó si tenía problemas
en acompañarme hasta que llegaran a buscarme y le dije que no. Nos
quedamos escuchando música mientras yo observaba que la fauna nocturna
ya estaba a full en la zona y los coches desfilaban buscando diversión.
En la esquina estaban paradas dos chicas y una subió a un auto mientras
la otra siguió caminando despacio y se paró más adelante esperando un
auto que se detuvo y se pusieron a charlar. Federico me preguntó si las
conocía y le contesté que no. Me comentó que él las veía siempre en
la esquina. Yo le confesé fingiendo un poco que hacía poco que me
dedicaba a esto y era la primera vez que andaba por la zona. Yo me sentía
cómoda con su compañía. Hablábamos en confianza y ello me había
probado a mí misma que no era tan dramático el hecho de conocer a un
tipo cualquiera en una zona pesada de la noche cordobesa en esa situación.
Me abrazó nuevamente y sentí sus labios cerca de los míos pero no
intentó besarme, solo se conformaba con mis tetas y otras partes. El
pasillo oscuro a mi costado y la luz mortecina al fondo eran testigos de
esa situación solo de los sentidos. No entendía qué había accionado
el disparador de mi mente para estar así en ese momento con ese hombre
en ese lugar. De repente se levantó un viento fuerte con tierra y
Federico me dijo que nos fuéramos de ahí porque se avecinaba tormenta.
Sin que yo le contestara puso en marcha la camioneta y salimos de la
zona. Cuando cruzamos el puente Sarmiento yo no sabía a dónde íbamos
ni tampoco le pregunté. Solo me asomé fuera de la ventanilla para que
me diera fuerte el viento en la cara. El tipo tomó por una calle
accesoria que desembocó en Avenida Patria. Cuando llegamos a la misma
ya caían gruesas gotas de lluvia. Unas seis cuadras más adelante entró
la camioneta en una estación de servicio muy grande que está bajo el
nivel de la avenida. Estacionó al fondo de la estación y se bajó para
traerme coca fresca pero sin nada de alcohol le pedí porque me sentía
bastante mareada. Yo lo miraba desde la camioneta que se dirigía hacia
una oficina al costado donde estaba el despachante y una heladera
inmensa en la que estaban unos cinco o seis pibes jóvenes tomando y
bromeando entre ellos. Se notaban que eran del barrio y Federico se quedó
conversando un rato con ellos y se reían a carcajadas. Luego el
empleado le entregó una botella de gaseosa y dos vasos con la que
retornó al vehículo. Tomé apenas un trago y miré hacia la calle. La
avenida se veía inundada de agua de la lluvia intensa y había
comenzado a caer granizo además. Él me preguntó si quería tener sexo
dentro de la camioneta dado que no podíamos salir por ahora para ir a
un lugar más tranquilo, pero le dije que ahí era incómodo además los
chicos se daban cuenta porque no sacaban la mirada de la camioneta y
bromeaban entre ellos. El tipo me dijo que iba a ver cómo hacía
entonces y se fue nuevamente hacia el empleado de la estación,
conversaron un rato y volvió para decirme que estaba todo arreglado. Me
dijo que arriba de la estación había un local vacío y que el empleado
le prestaba la llave para que fuéramos ahí. Yo me reí divertida ante
su oferta y me daba cuenta que a esa altura cualquiera me podía llevar
hasta un baño estrecho sin insistirme demasiado. Federico fue hacia la
parte trasera de la camioneta mientras yo buscaba mis sandalias que se
habían metido debajo del asiento. Cuando bajé de la camioneta
trastabillé por mis tacones, sentía el vestido pegado al cuerpo y
Federico tenía una colchoneta de camping arrollada y me tomó de la
mano para subir por una escalera amplia hasta el piso superior. Yo
trataba inútilmente de bajarme un poco el vestido ya que pensaba que
los chicos me estarían mirando el culo y así era porque los pibes
dieron una exclamación de aprobación y se reían. Me abracé a él
para subir porque tenía miedo de caerme. Mi acompañante abrió con la
llave una amplia puerta de vidrio que daba a un gran salón vacío y
oscuro todo rodeado de ventanales desnudos. Mis tacos sonaban con fuerte
eco en el interior y el tipo me llevó hasta una amplia ventana que abrió
para que entrara aire. Mientras él acomodaba la colchoneta yo me apoyé
sobre el ventanal abierto y sentí que me invadió un hermoso aire
fresco, respiré profundamente mientras sentía que el tipo me iba
quitando el vestido. El aire fresco de la ventana invadió mi cuerpo
caliente y me apoyé sobre la ventana mirando la cortina de agua. El
tipo me dijo que se me había cagado la noche con tanta lluvia y ya no
lo iba a encontrar al tipo que esperaba. Yo lo miré a la cara y
sonriente le contesté que la noche era larga todavía. Y me dijo
suavemente que le gustaban las zorras como yo y me giró hacia la
ventana para tomarme de atrás. Me aferraba con sus brazos fuertemente
mientras sus manos acariciaban mis tetas. Sentí su pecho caliente de su
camisa entreabierta apoyada en mi espalda que se pegoteaba con mi piel y
me dijo al oído que tenía una buena pija caliente para mí. Yo respiré
fuertemente y cerré los ojos totalmente entregada. Sentía como entre
sueños que el hombre se desprendía nerviosamente el pantalón. Sus
dedos me acariciaban la vagina desde atrás y me apoyaba su pija dura
como un palo. Después descorría mi tanguita presuroso para buscar la
entrada de mi orificio vaginal. Yo estaba mojada cuando sentí que
entreabrió los labios de mi vagina con sus dedos y empezó a meterme la
cabeza de su miembro y lancé un suspiro. El tipo me dijo que me quedara
quietita y sentía como mi concha mojada le iba tragando su verga dentro
de mí hasta que me la empujó con fuerza hasta el fondo, yo me estremecí
un poco y empecé a recibir sus empujones violentos que me chocaban en
el útero. Era una pija de buen tamaño que estaba dura como un palo que
golpeaba mis nalgas. Los golpes de la carne se escuchaban en el salón
vacío como si aplaudieran. Yo volaba entre nubes. De pronto no sé que
pasó que me vino un orgasmo instantáneo. Fue un fulgor destellante
como los relámpagos que iluminaban el salón vacío. Mis gemidos
retumbaban acabando en esa inmensidad mientras el tipo me ayudaba cuando
me decía que gozara como una yegua, que era una puta que buscaba vergas
y cosas por el estilo mientras me arremetía con fuerza. Eso se ve que
lo excitaba cada vez más porque me daba con más fuerza. Yo me sentía
como atrapada en un vértice extraño que me quemaba y no le oponía
resistencia, solo me dejaba llevar hacia el fondo de un abismo oscuro
que destellaba como los relámpagos y la lluvia que caía a raudales
afuera. Yo sentí en un momento que se le salió de adentro mío y me
acomodó nuevamente para recibirlo. Abrí más las piernas pero sentía
que me la apoyaba más arriba buscando la entrada de mi cola, la
humedeció con algo porque empezó a empujarme en la puerta de mi
orificio anal que se dilataba mientras le daba paso para que entrara su
pija bien parada hasta que se la sentí completa dentro de mí. Yo hacía
fuerza con mi panza y eso lo hacía gozar más y ansioso me metía los
dedos dentro de la vagina ahora desocupada que se rozaban con su pija
metida en mi cola. Eso me hizo arrancar un grito de placer y me hizo
shhhh en señal de silencio. Después me sacaba los dedos y me los metía
en la boca para que se los chupara. Yo sentía un gusto extraño y muy
placentero que me brindaba su carne dura alojada dentro de mí. El tipo
me hacía sentir como una muñeca de placer que manejaba a su antojo.
Sentía sus manos calientes en todo mi cuerpo y mi cabeza volaba, de
repente empecé a percibir que me tocaban otras manos extrañas. Yo abrí
los ojos y miré por mi hombro y vi a un muchacho joven de los que
estaban abajo que me estaba acariciando las tetas desde atrás mío
mientras el otro me tenía penetrada. Le pregunté quien era y Federico
me contestó que era otro macho para mí. Que podía decir yo en esa
situación y más cuando Federico me preguntó si no era eso era lo que
yo buscaba. No dije nada, solo me apoyé en su pecho y me dejaba llevar.
El joven mientras tanto me acariciaba la concha por delante y me metía
los dedos adentro. El chico se agachó un poco y me apretó por delante
contra su cuerpo mientras sus manos recorrían mi sexo. Federico o como
se llame le preguntó al joven si sentía con sus dedos dentro de mi
concha como su pija me llenaba el culo. El chico dijo que si, que la tía
estaba rebuena contestó. El hombre le festejó y me dijo que lo bese al
chico mientras nos observaba sobre mi hombro. El chico me acercó sus
labios y recibí su beso. Federico me empezó a mover frenéticamente
apurándome otro orgasmo. Mientras yo acababa como una bestia, el chico
me besaba. Yo grité fuerte aunque retumbara en el inmenso salón vacío.
El hombre me la sacó y le dijo al otro que me tomara. Por un instante
me sentí indecisa pero no me dieron tiempo a reaccionar. El que me había
llevado le decía al pibe que se colocara detrás mío y me cogiera por
el culo mientras me abrazaba por delante pidiéndome que me le agachara
un poco para recibirlo al chico. Yo me apreté contra su pecho y gemía
mientras sentía que el agujero de mi cola se la iba recibiendo al extraño,
y los truenos con relámpagos no dejaban de iluminar en esa oscuridad
con sus colores fantasmales. Se escuchaba el chasquido provocado por la
transpiración cuando se separaban los cuerpos y se unían nuevamente.
El nuevo ocupante se movía bien dentro mío pero Federico le decía que
me hiciera con más fuerza, que me gustaba con fuerza y me dijo que le
dijera eso. Yo solo respondí que si y el chico me movía con fuerza
arrancándome un orgasmo que no llegaba completo. Mi cabeza volaba y
Federico gozaba con mi placer mientras me acariciaba con ternura. Mi
acabada estalló de repente y las contracciones uterinas de mi orgasmo
hicieron que el chico empezara a volcarme toda su leche caliente en mis
intestinos. Luego me la sacó y exclamo satisfecho que se había echado
un polvazo conmigo. Federico me aferraba con fuerza y me preguntaba si
quería más pijas. Yo me sentía floja y no contestaba nada. Las
piernas me temblaban y me hizo recostar sobre la colchoneta a nuestros
pies. El chico ya se había ido pero había entrado otro que me di
cuenta porque se venía desnudando a mi encuentro. Yo no lo podía ver
bien en la oscuridad pero notaba que se acomodaba delante de mí.
Federico me puso de espaldas y me levantaba bien alto las piernas para
recibirlo al nuevo huésped dentro de mi vagina. Federico mientras me
sostenía las piernas miraba como el chico me cogía deseoso y me decía
que este tenía una flor de pija, yo no podía mirar nada por la posición
pero la sentía bien aunque notaba que el otro chico estaba incómodo
porque no podía moverse libremente, entonces le pedí que me espere y
le acomodé mis piernas en sus hombros para que la pudiera meter
completa dentro de mi caliente agujero. Yo tengo experiencia de hacerlo
otras veces con otros y mi marido, pero este tipo disponía de mí como
si fuera mi macho y lo más extraño que yo le obedecía en todo
motivada ya a esa altura solo por una irrefrenable necesidad de gozar.
Ambos tipos festejaban cada vez que me arrancaban gemidos. Y el chico se
vino en poco tiempo con mis movimientos. Cuando se retiró de mí,
Federico le dijo que trajera a los otros dos que quedaban. El pibe se
fue callado hacia abajo. Federico me abrazaba tirados en el piso y me
tenía aferrada contra su pecho dándome suaves caricias, le dije que me
iban a matar y él sonriente me dijo que no me preocupara, que estaba en
buenas manos. El tipo era fluctuante conmigo, a veces tierno y a veces
posesivo quizás para desorientarme. Me apretaba fuertemente contra su
pecho y me decía al oído mientras tanto que le gustaba mucho una
hembra caliente como yo, que me quería tener de puta suya, que era una
zorra de aquellas y demás piropos por el estilo. Yo me sentía como
anestesiada. Cuando subieron los otros dos chicos los hizo coger uno
detrás del otro conmigo mientras nos miraba de pie con los brazos
cruzados y cuando acabaron los dos los despidió. Cuando se fueron yo
estaba más calmada y me preguntó si me había gustado, le dije que si.
Entonces me dijo que lo cogiera al viejo también refiriéndose al
empleado de la estación porque me contó que el trato había sido que
prestaba el salón si lo dejaban coger a él también conmigo. Me dijo
que se había portado bien con su gesto porque arriesgaba su trabajo y
que era justo que lo divirtiera un poco. Me dijo que el pobre tipo no la
debía poner seguido y que lo llamara yo por la ventana para que
subiera. Le pregunté el nombre y me dijo Rafael. Cuando me incorporé y
crucé el salón desnuda sentía mis piernitas en el aire. Miré por el
ventanal y vi que quedaban dos de los chicos con él. Cuando escuchó su
nombre desde la ventana se vino presuroso. Los chicos se quedaban a
relevarlo hasta que se desocupara. Yo volví con Federico que había
resultado un perfecto perverso que disfrutaba con la situación y yo era
su obediente herramienta de uso. El otro hombre entró al salón y se
nos acercó. Federico me dijo que me pusiera de pie para que me mirara
el tipo. La escasa luz le mostraba mi cuerpo todavía palpitante y mi
dueño circunstancial le decía al otro si le gustaba la nena que se
estaba por coger. El hombre solo sonrió mientras miraba como me
acariciaba Federico. Le dijo que me tocara las tetas y yo percibía
cierto temblor en sus manos cuando me acariciaba mi cuerpo aún
sudoroso. El hombre presuroso se bajó el pantalón. Federico me
aferraba de atrás y me llevaba hacia el hombre que se me acercaba.
Buscaba frenético mi agujero y Federico me levantó alto mi pierna
derecha para recibirlo. El hombre mientras me la metía hacía sonidos
de gusto con la boca, yo le acariciaba suavemente la cabeza y observaba
como gozaba con mi cuerpo. Cuando empezó a apurarse lo apreté contra
mi pecho para que se descargara bien. Hacía esporádicos movimientos
mientras derramaba su leche caliente que empezaba a chorrearse por mi
pierna izquierda cuando me la sacaba satisfecho. Me resultaba atrayente
en Federico que aún no había terminado ninguna vez conmigo y le dijo a
Rafael que bajara a proseguir con su trabajo. Yo me sentía ya una
cualquiera que se prestaba a cualquier cosa con ese hombre. Me tendí en
la colchoneta y el tipo se vino encima de mí, me abrió bien las
piernas y me metió su pija con fuerza en mi concha mojada con la leche
de los otros tipos. El tipo sabía llevarme y me arrancaba gemidos de
gozo. Por ahí me dolía un poco en sus arremetidas y se escuchaba
fuerte el ruido de succión de mi vagina con esa pija tan dura. Yo quería
gozar su acabada y cuando me pegaba con más fuerza me avisó que le
estaba viniendo, sentí que me la hundía hasta el fondo y con sus
espasmos empecé a sentir que me llenaba con su leche hirviendo que me
quemaba, quizás porque estaba irritada no podía acabar junto con él,
pero lo mismo me gustaba. Era como un éxtasis sin fin. Al goce no lo
sentía solo en mis orificios sino que me recorría todo el cuerpo como
una vibración eléctrica de mucho placer que finalizó en un suave
quejido mío. Me había sacado las fuerzas y cuando me dejó, me quedé
acurrucada sin reacciones. Bajó sin decirme nada y yo me quedé sola en
esa oscura inmensidad mientras los relámpagos seguían iluminando
entrecortadamente el cielo en forma casi dantesca. Mi cuerpo palpitaba
como vaciado. Me quedé sin moverme. Después Federico volvió y me llevó
al piso de abajo para que me bañara en el baño para empleados porque
tenían ducha. Mientras me mojaba el agua tibia sentía que me iba
volviendo la calma. El mareo se me iba yendo y estuve un rato largo bajo
el agua. Mientras me secaba con la toalla notaba mi vulva hinchada y
enrojecida con un poco de ardor por dentro. Después me vestí y me
arreglé nuevamente. Cuando salí del baño ya vestida, Federico me
estaba esperando. Cuando me acerqué a él acomodándome el cabello, le
esbocé una sonrisa para demostrarle que no había rollos de mi parte
con lo que había pasado. Subimos a la camioneta, ya no llovía y había
refrescado un poco. Cuando salimos de la estación lo saludé con la
mano al empleado que se quedaba solo. Mientras bajábamos hacia el
centro yo iba terminando de secar mi cabello al aire de la ventanilla de
la camioneta mientras canturreaba un tema melódico que sonaba en el
equipo de audio del vehículo. Federico manejaba en silencio. Me había
preguntado donde quería que me llevara y le dije que donde me había
encontrado. Cuando llegamos a las esquinas de Igualdad y San Martín,
nos despedimos y me dijo que otra noche me pasaría a buscar por ahí.
Cuando partió la camioneta de la que me había bajado, en la esquina
estaban parados dos travestis que me miraron sin decirme nada. Yo saqué
el chal de mi cartera porque había refrescado un poco y me paré
nuevamente en la puerta del pasillo oscuro para reponerme un poco. Como
toda tormenta de verano ya había pasado como había llegado y la calle
se había secado por el calor que aún quedaba en el cemento. Mientras
pensaba en volver a casa, se detuvo un coche con un hombre grande a
bordo que me invitó a salir cuando me acerqué a la ventanilla pero le
dije que ya me iba a dormir y quedamos para otro día. Yo me quedé un
rato parada en el pasillo oscuro para terminar mi cigarrillo y luego me
asomé a la calle. Los travestis ya no estaban y vi que en la media
cuadra que había un taxi que estaba detenido. Caminé hasta el taxi
resonando mis tacones. Allí había mucha luz y le pregunté si estaba
libre y me dijo que si tras lo cual me subí al coche. El taxista me
saludó y empezó a comentarme que el temporal había sido fuerte y que
hasta había derribado árboles, yo le asentía sin escucharlo mientras
pensaba que a medida que nos alejábamos del lugar se iban evaporando
los duendes de la noche. El pasillo oscuro se quedaba solitario solo
habitado por esos genios nocturnos que se habían congregado para
convocarme a entregarme a ellos en su oscuro ritual sexual del cual yo
había sido la invitada especial de esa noche. Eran esos entes oscuros
que deambulan por las noches en los lugares más sórdidos y ocultos que
me hicieron entender que ellos seguirían allí esperando alguna noche
cuando yo quisiera volver a encontrarlos nuevamente porque me habían
elegido para que llevara su marca de pertenencia. El pacto se había
celebrado en un oscuro altar de sexo oculto y prohibido que solo ellos y
yo conocíamos. El círculo estaba cerrado.
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