AMOR
DE VERANO
AMOR
DE VERANO Poco pude aguantar aquel placer sin llegar a un orgasmo brutal
que me hizo soltar unos grititos contenidos por miedo a ser descubiertas
Desde
que era muy niña, siempre soñé con tener uno de esos amores que
responden al perfil típico de amor de verano, esos en los que todos los
retoricismos se dan cita, ya se sabe, viaje a otro lugar, grupo de amigos
que se hacen allí, y por supuesto, beso en la playa en la penumbra
mientras en el cielo se iluminan miles de fuegos artificiales...
Sé que puede parecer una cursilada, pero a mí me pasó.
Lo que no pude nunca llegar a imaginarme, fue que la otra persona de la
que me enamoraría, sería de mí mismo sexo y que a partir de ese momento
cambiaría mi vida.
Mi historia comienza una mañana del 1 de Agosto tres años atrás. La
paliza de coche desde la ciudad donde vivo a esa pequeña villa pesquera
en las rías bajas de Pontevedra había sido criminal. El ansia de mi
padre por llegar pronto había hecho que en casi siete horas de viaje solo
se hubiera parado una vez y lo justo para tomar un café. Incluso, en su
cabezonería, se había negado a la petición de mi madre de parar a ver
la catedral de Santiago de Compostela, la cual no habíamos visitado
nunca.
Yo, que ya sabía que mi opinión no se tomaría en cuenta, ya que aún
con mis veinte años jamás se me tomaba en cuenta porque todavía se me
veía como una niña, me limite a quedarme pensando y viendo el paisaje a
pesar de los reiterados intentos de mi hermana pequeña por molestarme y
sacarme de mi pequeño letargo.
Al bajar del coche el espectáculo de este era bochornoso. Botes de agua,
bolsas de patatas fritas y muchos envoltorios de caramelos decoraban el
interior del coche, mientras que su exterior era aún peor, lleno de polvo
y mosquitos estrellados en todo su frontal.
Picamos en la puerta de la pensión donde teníamos reservado el
alojamiento para todo el mes. Nos abrió una señora de unos cincuenta años,
muy amable la cual, al identificarnos, nos hizo pasar y tras las
pertinentes preguntas de “que tal el viaje” y demás, nos dijo que no
podía acompañarnos a la habitación porque estaba haciendo la comida
para su marido, pero su hija lo haría en su lugar. La llamo y por la
puerta apareció una chica de mi misma edad más o menos, la cual, tras
saludarnos nos invitó a subir las escaleras para acceder a nuestra
habitación.
Mi cansancio era patente y subir aquellas interminables escaleras me había
acabado de destrozar. Tras enseñarnos las dos habitaciones, la muchacha
se nos presentó como Silvia, tras lo cual nos dijo repetidas veces que si
necesitábamos cualquier cosa, nos dirigiéramos a ella, llamando a la
puerta del piso bajo, donde vivía toda la familia dueña del edificio.
Luego de esto se marchó, lo que permitió que todos nos pudiésemos
acomodar y cambiarnos de ropa tras una reparadora ducha.
Camino de las nueve de la noche, toda la familia salimos a cenar a un
restaurante cercano a la pensión. La verdad es que no disfruté de la
cena, porque me seguía agotada y nada mas cerrar los ojos mi cabeza repetía
continuamente la visión de carreteras y más carreteras.
Al acabar la cena, mi padre propuso la idea de dar una vuelta por el
pueblo, que al estar de fiestas patronales, estaba lleno de atracciones y
tenderetes en el paseo de la playa y el puerto. Yo tomé esta proposición
como el remate final a mi estado, por lo que aun a sabiendas que a mis
padres no le haría gracia mi rechazo por ser considerado como un acto de
rebeldía muy típico en mi y que se sumaría a la larga lista de desmanes
que ellos veían en mis acciones, decidí tomar el camino hacia la pensión.
Cuando comencé a subir las escaleras a mi habitación, de la puerta del
bajo apareció la chica que nos había recibido por la tarde, Silvia.
Parecía haber salido a propósito para desear buenas noches, sin saber
siquiera quien era el cliente que subía. Constaté que las gentes de esta
zona son muy amables y atentas.
Tras cruzarnos una buena noche, continué mi pesado ascenso a mi
dormitorio, en el cual me acosté, quedándome frita en cuestión de
segundos. Por fin podía descansar y para mí fue hasta entonces, el mejor
momento de las vacaciones.
Los siguientes cinco días fueron un aburrimiento continuo. El pueblo era
bonito, pero pequeño. Mi madre se pasaba todo el día como una lagartija
con mi padre y mi hermana tumbada al sol en la playa.
Yo no era una chica que gustase de ir mucho a la playa. Mi piel ya era
bastante morena y no me apetecía llenarme de arena la cual después hay
que quitarse de todo el cuerpo y del pelo, que por tenerlo largo, se me
llena de pequeños granos, los cuales me da mucha rabia que se me
destaquen por su tonalidad amarillenta sobre mi cabellera negra azabache y
no tenía ganas de lavármelo todos los días por el engorro que produce.
Era por eso y no por otra cosa por lo que no tenía ganas de playa, ya que
complejos no puedo tener porque tengo, modestamente, un buen cuerpo bien
proporcionado, con un pecho bonito de la talla noventaycinco y un trasero
bastante valorado por mis compañeros de clase, aunque eso conlleve alguna
palmadita y tocamiento por su parte. Pero mis padres, en su persistencia
en pensar erróneamente que me conocían, pensaban en tonterías como que
no me gustaba mi cuerpo e incluso tenían miedo de que cayese en una
anorexia cada vez que comía poco porque estaba desganada.
Así pasaban los días, pensando en mis amigas que ahora estarían
reunidas en mi ciudad tomando algo y en lo mucho que me gustaría tenerlas
allí. Entonces si que sería divertido aquel pueblo, que por las noches
tenía mucha vida pero que una persona sola no podía aprovechar nada.
Seguro que mis amigas y yo, arrasaríamos, lo pasaríamos genial y seguro
que nos sacábamos algún rollito con alguno de los chicos que veraneaban
en el pueblo, en su mayor parte madrileños.
La situación era cada vez más frustrante y se me debía notar en la cara
porque Silvia, la chica de la pensión, una tarde, mientras bajaba a dar
una de esas tediosas vueltas por el pueblo, se acerco a mí y me dijo:
-Se te ve bastante aburrida, ¿no es así? Te comprendo, estar con tus
padres en un lugar así sin conocer a nadie debe ser aburridísimo. ¿Por
qué no te animas a conocer a mis amigos y sales con nosotros hoy por la
noche?
La proposición me sorprendió, pero aunque me apetecía cambiar mi
situación, no me gustaba la idea de entrar a formar parte de un grupo de
sopetón, casi forzadamente, donde por mi timidez, me costaría entrar en
contacto, así que le respondí:
-Gracias, Pero no te preocupes, no lo estoy pasando mal tampoco, hay
muchas cosas que hacer aquí y este pueblo es divertido, con sus fiestas y
todo lo demás...
-No me cuentes cuentos – dijo ella – Te veo todos los días y no veo
que te lo estés pasando bien. Te aseguro que mis amigos son divertidísimos
y te vas a encontrar muy a gusto. Además, no puedo permitir que una chica
como tu este aburrida sin salir un sábado por la noche. Venga, no me
digas que no.
Ante la insistencia por su parte, me vi obligada a aceptar casi por
compromiso, a lo cual ella añadió: -Perfecto, entonces me picas a esta
puerta a eso de las siete, que luego cenaremos todos juntos en una
hamburguesería. Ya veras como te lo pasas muy bien. Hay muchos chicos y
quien sabe, igual encuentras lío hoy mismo, porque te veo potencial.
Ante la última frase solté una pequeña sonrisa entre la complacencia y
el nerviosismo.
Sin más, nos despedimos hasta las siete y continuamos con nuestros
planes.
A las siete en punto, me encontraba llamando a la puerta de Silvia. No
tardó nada en salir y la chica que vi me contrastó con la que me había
encontrado a primera hora de la tarde. Entonces estaba con ropa de faena,
zapatillas y el pelo y la cara sin arreglar. Ahora estaba lista para
salir, con una camisetita ajustada de color fucsia y una minifalda de lino
de color blanco que me encantaba para mí... Su pelo, rizado de un color
castaño cercano al pelirrojo, se encontraba recogido en la zona superior
de su cabeza. Sin duda Silvia debía ser una chica que no tendría
problemas a la hora de triunfar con los chicos. Era alta, con largas
piernas quizás demasiado finas, por darle algún defecto. Un bonito
pecho, quizás llamativo en su cuerpo, porque aunque no pasaría de una
talla noventaycinco, contrastaba con la delgadez de su tronco.
He de decir que yo tampoco iba mal, con mis mejores galas para salir un sábado
a triunfar. Quería dar la mejor impresión posible al grupo de Silvia,
sobre todo a los chicos.
La noche fue fantástica, porque el grupo me acogió increíblemente bien,
haciéndome sentir feliz por fin en aquellas vacaciones.
El grupo era muy variopinto, formado por gente del pueblo y turistas como
yo que pasaban las vacaciones allí. Había muchas parejas, la mayor parte
de las cuales estaba formada entre gentes del pueblo y de fuera. Incluso
había parejas que llevaban varios años juntas, viéndose nada más que
en el periodo estival.
Por mi parte, además de divertirme mucho con todos ellos, conocí a un
chico llamado Alberto, con el que después de un par de copitas, no tuve
problema en enrollarme, aunque sin permitirle llevarme a una calita que me
decía que conocía y en la que estaríamos “muy a gusto”. Si la cosa
iba bien, eso se lo permitiría en un par de días más, pero no me gusta
darme a un chico sin más, antes de conocer un poco su situación. No es
la primera vez que me lío con alguno demasiado pronto y luego resulta
tener una pareja que me acaba dando quebraderos de cabeza.
Así pues, tras quedar con todos para el día siguiente, que sería el día
grande de las fiestas, me dirigí con Silvia a la pensión. Fui contándole
detalles sobre mi “ligue” y nos reímos un montón. La verdad es que
Silvia era una chica fantástica muy alegre y graciosa con ese acento
cantarín que tienen los gallegos. Me daba la impresión que seríamos muy
buenas amigas.
Al llegar a la pensión nos quedamos un ratito hablando en el portal sobre
como era mi vida en la ciudad a la que pertenezco. Que tal era el pueblo
por el periodo invernal e incluso cotilleos sobre algunos de los que conocí
en su grupito. Era ya tarde, casi las seis de la mañana, y comenzaba a
aclarar el cielo. Por la calle solo quedaban los restos de la movida
nocturna y los gatos en busca de algo que comer. Nos pusimos en dirección
a nuestras habitaciones, despidiéndonos hasta el día siguiente.
La tarde del domingo no llegó rápido, porque estuve acostada hasta las
tres. Comí algo y me preparé para salir. En previsión de volver a ver a
Alberto y ante la posibilidad de darle un pasito mas en su avance, me puse
un tanguita blanco muy sexy, una faldita de lino parecida a la de Silvia
del día anterior y una camiseta negra de tirante ancho sin mangas que
cruzaba en mi escote dejando ver el canal de mi pecho, exagerado gracias a
un sujetador que lo ensalzaba.
Volví a llamar a Silvia a su puerta a eso de las cinco y nos encaminamos
juntas al punto de reunión del grupo. Una vez allí, todos reunidos, nos
recorrimos unos cuantos pubs y bares pero en ninguno de ellos Alberto me
miró. Creo que yo no hice tampoco mucho por el encuentro. Es la típica
timidez del día después. Llegó la noche, y tras cenar en la misma
hamburguesería del día anterior, no fuimos a los coches y nos dirigimos
a una pequeña playa a las afueras del pueblo para ver los fuegos
artificiales que daban el punto culminante a las fiestas. Hacíamos esto,
porque los que ya conocían la situación en años anteriores, nos dijeron
que el pueblo y la playa de este se llenaban hasta la bandera de gente y
era muy incomodo estar. En cambio, en esa playita, no estaba nadie y se veían
estupendamente, además de poder tomarse la bebida que habíamos comprado
previamente en el supermercado tranquilamente. El problema estaba en que
al estar fuera de la villa, no tenía luz alguna, por lo que alguno de los
que iba con nosotros, se pegó un par de tortas a causa de la falta de
visión, las dunas de la arena y por supuesto, el alcohol.
Comenzaron los fuegos, yo me senté al lado de Silvia. Mi sorpresa vino
cuando me percaté que Alberto se había puesto detrás de nosotras, con
las rodillas abrazando mi trasero. Lo supe más por su voz y perfume que
por verlo, ya que solo veía una silueta recortada contra el cielo. Me
encantaba sentirlo cerca de mí y más aún cuando sentí su mano tocarme
la pierna que tenia cruzada con la otra. Permaneció así unos minutos
mientras que yo miraba el cielo disfrutando del espectáculo. De pronto,
su mano empezó a recorrer la parte superior de mi pierna ya por debajo de
mi falda. Me dejé hacer disimulando para que Silvia no se diese cuenta.
La mano llegó a su objetivo y con un movimiento rápido, apartó la tela
de mi tanguita y comenzó a acariciar mi clítoris suavemente. Le empapé
la mano porque yo ya estaba muy mojadita antes de que siquiera me
deslizase la mano bajo la falda. Mi excitación comenzó a subir
gradualmente y comencé a pasarlo mal para disimular mi placer, pero por
otro lado, estaba contrariada por la posición que tomaba su mano ya que
en la postura que se encontraba Alberto, era muy rara y casi imposible
aunque seguí disfrutando cada vez más.
De pronto, cesaron los fuegos artificiales a baja altura. Comenzaron los más
altos en el cielo iluminando toda la zona y a la vez, Alberto apartó su
mano no pudiendo verle la postura que tenia para estar metiéndome mano.
Yo le mire en una sonrisa complacida y él me contestó con una tímida
sonrisa de sorpresa. Tal fue su cara que mi extrañeza se acrecentó más.
¿Cómo podía ser que llevase mas de cinco minutos con su mano
acariciando mi sexo y en cambio estuviese con una cara como de estar en
las nubes?.
Durante el tiempo que duraron los fuegos mas altos, Alberto permaneció
quieto, pero nada mas volver a los artificios de agua, volvió su mano al
interior de mi falda, volviendo a meter sus dedos entre mi labios, pero
tras unos segundos sobandolos, pasó a introducirlos en mi vagina lo que
me hizo multiplicar mi placer exponencialmente.
Hasta ahí todo iba genial. Yo, con Alberto, al borde de un buen orgasmo
rodeada de gente, lo que aumentaba mi excitación... Pero entonces, fue
cuando la situación giró rotundamente. Mientras Alberto recorría mi
interior vi como este se levantaba y decía que iba en busca de más
bebida mientras su mano seguía bajo mi falda. ¡ No era Alberto ¡. Miré
hacia atrás y a los lados. ¡Solo podía ser Silvia! Sin duda era ella.
No había retirado su mano porque no se debía haber dado cuenta que
Alberto se había incorporado y ella seguía dándome placer. A esas
alturas, con el calentón que me rodeaba, no pude hacer más que tomarle
el brazo y decirle en voz baja que se detuviera, ya que nos podían
descubrir si no lo habían hecho ya. Silvia apartó la mano de mí y me
dijo al oído:
-¿Te apetece ir a dar una vuelta? -Debía de estar loca, pero acepte.
Nunca pensé que me lo llegaría a montar con otra chica, pero en aquel
momento, mi cuerpo era fuego y ningún chico podría apagármelo, solo
ella.
-Nos incorporamos y me dijo:
-No digas nada, solo vamos. Los demás o están en otros lados montándoselo
o borrachos. No se darán cuenta de nuestra ausencia.
Subimos la escalerilla de la playa y nos dirigimos al aparcamiento. Nos
montamos en el coche y nos pusimos en marcha en dirección contraria al
pueblo. Mientras Silvia conducía me metía su mano entre mis piernas para
que no me enfriara. ¡Para enfriarme estaba yo! Tenía unas ganas de
meterme en harina con ella que me cegaban. Sabía que lo que iba a hacer
no era lo que se correspondía a mí, pero me daba igual, ya me arrepentiría
mañana, si es que me arrepentía.
Llegamos a una playa muy larga y abierta, mucho mas iluminada que donde
estuvimos. Bajamos del coche y Silvia me dijo:
-Conozco un rinconcito que te va a encantar.
El rincón se encontraba escondido entre las rocas y era bañado por las
olas. En él había una roca muy diferente a las otras, de textura lisa y
suave, en una especie de forma ovalada. Silvia me hizo sentarme sobre
ella. Ella se puso en cuclillas al borde de la roca, abrió mis piernas y
apartándome el tanga, introdujo su cara hasta que sus labios besaron mi
vagina. Entonces sacó su lengua y me la pasó repetidamente sobre mi clítoris
pasando luego a introducirla a pequeños golpecitos en mi vagina.
Tras un ratito moviéndose ágilmente con su lengua sobre mi sexo, levantó
su cara hacia mí y sonriendo me dijo:
-Traes tu conejito muy bien depilado. Se ve que hoy contabas con que
alguien te viese.
Ciertamente, así era, pero nunca calculé que fuese ella quien lo
disfrutase. En cambio, allí estaba bebiéndose hasta la última gota de
mi fluido mientras yo no paraba de pensar que era la primera vez que
alguien metía su boca en la parte más intima de mi cuerpo. Poco pude
aguantar aquel placer sin llegar a un orgasmo brutal que me hizo soltar
unos grititos contenidos por miedo a ser descubiertas.
Silvia parecía encontrarse en su salsa y lejos de detenerse, comenzó a
bajarme la faldita y el tanga, continuando luego por la camiseta una vez
incorporada, lo que aproveché yo para quitarle también la suya.
Así fue como me dejó totalmente desnuda mientras ella se quedaba solo
con su falda, que pasó a quitársela con rapidez.
Por fin la tenia desnuda delante de mí. Su cuerpo era aun más bonito de
lo que podía haber vislumbrado la primera vez que me fijé en ella. Sus
pechos eran redonditos y grandes respecto a la complexión de su cuerpo.
Sobre todo me agradaron sus pezoncitos, de un color marrón clarito muy
largos y abultados. Su silueta era suave y no muy contorneada, pero con
una sensualidad increíble. Su piel brillante y de apariencia suave tenía
una tonalidad ganada al sol ya que se veía que originalmente debía ser
muy blanca. Tal vez él encontrarnos solo con la iluminación de la luna
la hacia más oscura ya que yo misma me veía la piel diferente. Su vello
púbico era una simple tirita rasurada de un color casi pelirrojo por
donde asomaba en su parte inferior unos labios vaginales abultados. Sus
piernas, largas y delgadas, acababan de completar el cuerpo de una chica
que debía ser un caramelo para los chicos, pero que suponía habían
descubierto ya varias chicas.
Ella se abalanzó sobre mí y comenzó a chuparme los pezones, a
estirarlos y contornearlos con su lengua mientras no dejaba de introducir
sus dedos en mi vagina, siguiendo con mi placer hasta que, de pronto, uno
de sus dedos bajó por el canal que describen mis piernas hacia el ano.
Allí comenzó a acariciarlo suavemente en pequeños circulitos que me
estaban dando un placer extra hasta que sin mediar palabra, introdujo
lentamente uno de ellos suavemente. Al principio no me gustaba, sentía un
pequeño dolor y molestia, además de asco por el mismo hecho, pero poco a
poco me comenzó a agradar. Silvia no se detenía en su escalada para que
yo conociese el placer lésbico y fue introduciéndome un segundo dedito.
Yo, a esas alturas estaba a punto de reventar, viéndome devorada por
ella, que se encontraba sobre mí, sin haber dejado de mamar mi pecho en
ningún momento y fue así como no tardé en explotar exteriorizando un
orgasmo aun más fuerte y sonoro.
Ante mi mirada atónita, tras ese orgasmo, Silvia cogió de improviso mis
tobillos, tirando de ellos hacia arriba y haciendo que mi culíto quedase
orientado a ella. Me abrió a tope mis extremidades y con gran rapidez se
lanzó con su lengua a la entrada de mi ano. Me lamió todo el contorno e
incluso introducía su lengua a pequeños golpecitos en él. Jamás pensé
que podría llegar a vivir aquella situación tan brutal, pero lo cierto
es que jamás disfrute hasta el punto de sentirme derretir.
Tras unos minutos jugando con la entrada prohibida de mi culíto, subió
su cara de nuevo a mi vagina, donde me obsequió con unas buenas lamidas.
Silvia, tras haber explorado totalmente mis interioridades se colocó
sobre mí y acercó sus labios a los míos. En una situación de cordura,
jamás le daría un beso a una persona que me hubiese recorrido mis partes
más sexuales, pero como aquella no era una situación normal y yo estaba
calentísima, nos fundimos en un largo beso, mezclando nuestras salivas y,
por que no decirlo, otro tipo de sustancias de mi pertenencia.
Tras el largo beso que nos fundió en una sola, decidí que era mi turno
para darle al menos, una parte del placer con el que ella me había
regalado. Gracias a ella, había aprendido a hacer los juegos más
adecuados para hacer pasar un buen rato a otra chica.
Coloqué a Silvia sobre la roca que hacía las veces de cama. Abrí sus
piernas y no sin cierto reparo, introduje mi cara entre sus piernas,
quedando a un par de centímetros de su vagina. Saqué mi lengua y comencé
a lamerle sus labios vaginales. He de reconocer que el sabor de sus
fluidos no me gustó, aunque no podría describirlos comparándolo con
otro tipo de sabor. Tal vez podría tildarlos de salado, por decir algo.
En un primer momento, mi lengua se retrajo algo ante este nuevo sabor,
pero tras sentir a Silvia retorcerse y emitir pequeños gemiditos, me
abandoné a servirle todo el placer posible, cosa que ella tomó con
avidez, sobre todo cuando me agarró de la cabeza para hundírmela contra
su sexo.
No tardó ni un minuto en tener un buen orgasmo, que exteriorizó con
extremado escándalo, lo que hizo que me sintiera por un momento,
preocupada de que alguien se percatase. Seguí lamiendo y bajando por el
canal de su entrepierna hasta su culito. Allí le hice, con mala gana pero
con un sentido de la responsabilidad por lo que ella me había hecho, todo
lo que había aprendido, pero con una varianza. Mientras alternaba los
lametones a su anito con la introducción de un par de deditos en él,
introducía los dedos de mí otra mano hasta el fondo de su vagina. ¡Cómo
se retorcía la muy bruja! Su espalda era traspasada por infinitos
espasmos, que hacían elevar su pelvis en ocasiones un par de palmos de la
roca donde reposaba.
Tras otro brutal y escandaloso orgasmo, las dos nos tumbamos rendidas
sobre la roca, abrazadas, besándonos y mezclando nuestro sudor caliente.
Silvia, que aun tenía la respiración acelerada, no tardó en
incorporarse y recogió su bolso del suelo. Introdujo su mano en él y sacó
un pequeño frasquito y acto seguido, un plátano.
Mi mente calenturienta, imaginaba lo que Silvia estaba pensando y me
apetecía muchísimo, por lo que elevé mi pelvis abriendo las piernas
para recibir lo que mi amante quisiera darme.
Así fue, ya que Silvia, tras embadurnar el plátano con el líquido
viscoso que contenía el frasquito que había extraído de su bolso, lo
acercó a la entrada de mi vagina, introduciéndomelo poco a poco, me
encantaba y se lo hice saber, con una sonrisa y tomándola por la nuca
para atraerla hacia mi y besarla. Silvia se las sabía todas y no mantenía
un ritmo constante en la introducción, sino que alternaba un vaivén
suave que me relajaba y agradaba, con uno mas fuerte y rápido que me ponía
al máximo. No paró hasta hacerse con mi orgasmo.
A esas alturas, me disponía ha coger el relevo de Silvia, cuando ella me
ordenó ponerme sobre la roca de rodillas. La obedecí, pues sabia que
todo lo que se le ocurriese, sería en pos de conseguir mas placer para mí.
Ella me ordenó no mirar y tras unos interminables segundos, sentí aquel
plátano en la entrada de mi ano. Sentí angustia por la situación, no
quería ser penetrada de tal modo, pero me sentía clavada a la roca por
las manos y las rodillas. Mi amante, comenzó la introducción muy
suavemente, aunque eso no evitó un gran dolor en los primeros minutos que
aguanté estoicamente apretando los dientes. Incluso sentí un hilillo de
líquido que recorría el canal de mi vagina proveniente de mi trasero,
tras comprobar pasando mi mano por el de que se trataba, constaté que era
sangre, pero eso no me impidió seguir aguantando, porque presentía que
tras ese sufrimiento había de encontrarse un inmenso e irrepetible
placer. Así fue. Una vez introducido por completo toda aquella fruta y
tras acomodarme a la situación de ser ensartada por detrás, comencé a
pedirle a Silvia más vivacidad con la mano. Ella no me desobedeció y
comenzó con un continuo mete-saca rotando el plátano en mi interior, lo
que hizo que el ano se dilatase a tope. Fue ahí donde experimente un
placer prolongado y extasiante que jamás volví a sentir con una
penetración vaginal. Así pues, tras una explosión final, me quedé
tumbada, agotada y empapada de sudor mientras ella sacaba poco a poco el
platanito que me había hecho enloquecer.
Sabía que era el momento de tomar yo la dirección de la fiesta y me
dirigí a coger de su mano el improvisado pene que Silvia había
preparado, pero ella apartó su mano y tras un pequeño beso me dijo:
-Cariño, estas rendida, preferiría algo más ligero y en el que estuviésemos
más unidas.
Asentí con la cabeza y ella me ordenó colocarme sobre la roca, abrió
mis piernas y coloco su vagina contra la mía. Comenzó a frotarse contra
mí en un movimiento extenuante que nos hizo tener nuestro primer orgasmo
conjunto que puso el colofón a los momentos más sexuales de nuestro
encuentro.
Nos quedamos juntas, abrazadas y besándonos mientras los primeros rayos
del sol del amanecer nos incitaban a vestirnos y marcharnos.
Aquel encuentro quedò grabado en mi a fuego y, aunque tengo novio desde
hace dos años y le quiero, sigo viajando todos los veranos a aquel
pueblecillo, donde Silvia y yo nos volvemos a convertir en pareja por unos
días. Aun no sé que voy a hacer cuando me case, pero haré lo posible
por volver siempre, ya que no estoy dispuesta a perderla. La quiero.
Autor: xes xes